martes, 18 de junio de 2013

62. TRANSMUTACIÓN de Ligeia


Kore percibió un ligero temblor en las aguas que la rodeaban. Abrió los ojos y movió un poco la cola. La arena debajo de su cuerpo se agitó en un torbellino, pero volvió a la calma antes de que las nuevas vibraciones llegaran y le dictaran un camino.
Encontró a un hombre luchando contra la marea a varios kilómetros de su cueva submarina. Desde las profundidades podía sentir sus movimientos agitados y alcanzaba a divisar la silueta de sus pies. Se asomó a la superficie y avanzó hasta quedar cerca de él. Entonces lo abrazó y comenzó a nadar hacia el fondo. Cuando lo notó inquieto, lo besó y sus manos comenzaron a jugar con su ropa hasta desaparecerla. Continuaron el descenso. El hombre cedió ante la falta de oxígeno y se transformó en una marioneta. Ella lo recostó sobre una roca y usó las uñas para desollarlo con cuidado, procurando mantener íntegra la piel. Luego abandonó el cadáver y observó su botín con cautela. Comprendía que una vez iniciado el proceso, no habría marcha atrás, pero no tenía dudas. Provenía de una estirpe de guerreras, no de cobardes, y tenía claro que si el mar se negaba a darle humanos, era su deber ir a por ellos a tierra.
Se calzó la piel sin temor y ésta comenzó a transformarla de afuera hacia adentro. Primero le arrancó las escamas que la cubrían, después cortó la membrana que mantenía unidos sus dedos y al final, rasgó su cola en dos piernas. El cambio fue rápido, tanto que le negó la huida a tierra. Ella intentó nadar hacia el sol pero sus movimientos eran torpes, así buscó las corrientes que podrían arrastrarla a la playa. El aire que nunca le había hecho falta reclamó un espacio en ese nuevo cuerpo y el mundo se oscureció.
Un golpe contra la arena la obligó a despertar. Ella reconoció el dolor potente en el pecho con el que antes su cuerpo despreciaba el oxígeno y ahora, lo ansiaba. Se arrastró lejos del agua y, con cada centímetro que ganó, la arena fue desgarrando su piel, ahora vulnerable y ensangrentada. Le dolían las piernas. Le ardían las manos. Le pesaba el cuerpo. Pero estaba ahí, en la tierra. Y sin aletas, ningún humano podría detenerla.


Seudónimo: Ligeia

domingo, 16 de junio de 2013

61. EN LA SALUD Y EN LA ENFERMEDAD de Julio Vivas


Miro los pétalos marchitos en el suelo junto con los mechones de pelo negro que ella ha ido perdiendo poco a poco y me pregunto ¿Cuándo fue la última vez que vi una rosa fresca que no fuera ésta? Y no porque me importara una mierda la diversidad botánica, sino porque toda esta ola de violencia, enfermedad y muerte me ha dejado pensando sobre cosas que jamás vi de cerca o no me importaron.
Ella mata al silencio con un gemido de dolor y dice algo en voz baja que no entiendo, pero sé que es su manera de decir buenos días. Agarro su pie bueno y lo acaricio en respuesta a su saludo. Miro su pierna gangrenada y el pus de la mordida de aquel infectado ha ensuciado toda la sabana. Tardaré un poco más en atenderla.
No tiene hambre, así que comienzo con el baño de esponja, limpiando los grumos de sangre que se forman en sus secos y quebrados labios, me dice que ha tenido una pesadilla; la mujer reservada con la que me casé, ahora me cuenta lo que torturaba su subconsciente y la verdad es que me importa menos que las rosas.
Estoy pendiente de la ventana, de que no se cuele ningún cabrón (vivo o muerto) por la entrada principal y ahora ella dice que me ama, que no cree en patrañas espirituales pero desea que haya algo más allá para poder reencontrarnos, pero no en este mundo, dice algo sobre dolor  y sufrimiento y la violencia, lo que me interrumpe mientras estoy realizando mi inventario mental de municiones y armas que me quedan.
Le digo que no hable más, "guarda energías", pero lo que quiero es dejar de oír su enferma voz que me asusta. Ahora se queja de las marcas de las cadenas que le he puesto por seguridad, explico que se deben a  las infecciones oportunas que destruyen su piel y que seré de ahora en adelante más cuidadoso al ponerlas. Termino de bañarla y le coloco un vestido negro elegante, la miro a los ojos y miento diciendo que la amo, miento un poco más y digo que reforzaré la puerta con tablas. En la cochera el carro está listo. Manejaré al sur y ella morirá sola… ¿Soy yo el qué se transforma en otra cosa?

Seudónimo: Julio Vivas

jueves, 13 de junio de 2013

60. TIERRA, 2113 de Ranx


Llegaron del espacio, o eso creía todo el mundo, ya que los vieron descender desde cielos, en sus gigantescas y llamativas naves. Al principio sólo eran tres naves, que partiendo desde el mismo origen, se dirigieron a New York, Tokyo y Ciudad del Cabo y se clavaron en el cielo de cada uno de ellos. Conforme pasaban los días, aparecían más y más naves sobre las ciudades de todo el mundo, al final, todas las ciudades del mundo con más de cinco mil habitantes tenía una nave sobre sus cabezas.
Los gobiernos, al principio intentaron parlamentar, pasado unos días, y sin respuesta, pasaron a la acción, atacando a cada nave sin importar los daños colaterales. Así estuvieron, día tras día, noche tras noche, lanzando armas conocidas y armas nuevas y poderosas, pero las naves no se movieron ni un ápice.
Pasó el tiempo, pasó un mes, y ahí seguían. Pasó un año y ahí estaban inmóviles. Pasó un lustro, y ni se movían Pasó una década y comenzaron a moverse sin avisar.
La gente que hasta ese momento se habían acostumbrado a su presencia, comenzaron a sentir terror por su cuerpo y lo veían como el principio del fin, otros en cambio, veían una oportunidad, un negocio o una aventura espacial.
Las naves, no hicieron mucho, sólo subieron unos cuantos metros sobre su posición y empezaron a encender y apagar las luces qué rodeaban la nave. Durante el día no eran muy visibles, pero por la noche, era todo un espectáculo. Así estuvieron 30 días con sus 30 noches, hasta que llegó el día numero 31.
Ese día, el 29 de Septiembre del 2113, lanzaron un ataque total, matando al 99% de la población, pero dejando intactos edificios, animales y plantas.
Nosotros, los supervivientes, ahora somos mano de obra, y ahora sabemos que no vinieron del espacio, vinieron de la Tierra, de la misma Tierra nuestra, pero de un mundo paralelo.
FIN

Seudónimo: Ranx

lunes, 10 de junio de 2013

59. I de Yago


En el principio se hizo la oscuridad.


Seudónimo: Yago

58. INVISIBLE de Mianna


Estaba atrapado. La tabla de madera astillada e invadida de grafitis caseros y la traba oxidada que apenas resistía los golpes desde afuera eran su único medio de protección. Podía ver, por debajo de la puerta, las zapatillas embarradas de Ray y los botines con los que Bornacini había marcado temporalmente las caras de incontables alumnos de primer año, y eternamente sus almas y su orgullo.
Ya ni siquiera gritaban. Su reputación y su aspecto cavernícola habían logrado que un par de puñetazos en alguna superficie ruidosa fueran suficientes para erizarle los pelos a cualquiera, en especial a quien llevaba revistas animé, anteojos recetados y un monedero con la cara de un superhéroe y la plata para el almuerzo.
No podía volver a casa sin comer y sin el resto del dinero. No mientras sus padres habían sido convocados por segunda vez por el gabinete y los directivos para hablar de su pobre desempeño social y falta de adaptación al curso.
La realidad era que nunca había tenido amigos. Fuera de Ray y Bornacini, nadie le dirigía la palabra; todos en el colegio lo trataban como si fuera invisible.
Lo sentía en cada mirada que no se cruzaba con la suya. "Invisible, invisible…"
Ray finalmente logró derribar la puerta. Esta cayó sobre el inodoro, por lo que Bornacini debió utilizar nuevamente su fuerza para levantarla y enfrentarse al nerd que los esperaría acurrucado cual roedor, como si intentara desaparecer.
Para su sorpresa, se encontraron con un inodoro vacío. Creyendo que se habían equivocado de puerta, derribaron el resto, una por una, hasta que se dieron por vencidos, y salieron del baño para descargar su ira en otro indefenso de metro y medio.
Mientras tanto, dentro del misterioso lavabo, apretando los dientes, los ojos y el puño que sostenía el dinero, se encontraba Martín Pedrotta, que luego de años de sufrir humillaciones, había logrado volverse invisible.
Invisible, invisible…


Seudónimo: Mianna

57. PÁRPADOS de Thomas


Abre los ojos, las córneas iluminan el lugar con un tinte rojizo, como un anuncio de desgracia. Parpadea y los dos pequeños puntos desaparecen. Se agita en la oscuridad, la piel se le eriza, mortificado por aquel olor que le niega la tranquilidad, un poder tan avasallador, que casi lo deja sin respiración, y aquellos saltos en el vientre. Está débil, pero no ha perdido la capacidad de excitarse. Tiene aquel perfume grabado en sus más íntimos deseos que lo atormentan, un dolor agudo. Suda en aquel intento de sueño que no es más que fiebre cargada de latidos y erecciones provocada por aquella fragancia que reposa en la entrepierna de su dueña, en una de las casas de aquella calle. Con los ojos cerrados la puede recordar, abriendo la puerta, ese gesto sobrado de juventud. La recuerda en la acera, sus rebeldes cabellos trenzados de donde cuelgan cuentas rojas, que se mueven al compás de sus pasos. Sus caderas anuncian disturbios provocados por aquella piel tostada. La ve ponerse la caperuza, inclinarse para tomar la cesta, mostrando el reverso de sus muslos hasta el nacimiento de las nalgas, entreabrir los labios gruesos y sensuales en una despedida. La sueña dentro de esta maraña peligrosa de hombres, autos, anuncios y edificios. Se regodea por adelantado del salto y de la presa, toda la sangre estallándole en la cara. Casi puede sentir el sabor de la carne, antes que de nuevo el olor se hiciera presente, primero sutil, luego punzante, provocándole una crisis, creciendo a cada paso de ella por la acera. Olor a sudor  joven. Piensa que todo puede concluir ahora. Sabe que a unos pasos está la pared y el agujero y con un gesto repentino abre los ojos.


Seudónimo: Thomas

56. LA CESTA, EL SUMPALL Y UNA DECISIÓN de Sasami Hanatsuki


Un beso brindó en la frente oscura de su joven amada, y caminó como hace mucho tiempo no hacía por la orilla del río mientras esperaba su regreso. Ella, con la cesta de mimbre repleta de regalos del mar, avanzó hasta su casa, pensativa imaginó las reacciones de sus padres al decirles el futuro que ha escogido... Sus ojos, iguales a dos aceitunas se fijaron en la ruca, y bajo la mirada silenciosa de la luna suspiró.
Los celestes ojos del desnudo muchacho brillaron al ver que la niña, con una sonrisa triste y mirada negra llena de emoción, corrió hasta él. Se hundieron en un abrazo y de la mano entraron al agua, sus vestidos se fueron mojando con ella hasta que la última moneda de la tiara en su grueso cabello se hundió con ellos, confiando ciegamente en su amado llegó a esa cueva prometida donde sellarían su amor.
-¿Estas segura?- preguntó él, admirando ensimismado ese redondeado rostro que le enamoró a primera vista.
-Te seguiré a donde vayas, quiero estar contigo para siempre.- Afirmó, tocando con sus dedos los dorados rizos del chico.
-Cuando la luna alumbre esta cueva, no podrás volver a tu tierra.
-Sí, lo sé.
Ambos se abrazaron. En tierno beso se encontraban cuando la luna los iluminó. Desde aquel día, la joven indígena obtuvo una sedosa aleta dorsal de azules escamas, y con ella, pudo seguir al amado Sumpall que conoció pocos días antes a la orilla del río.
Con el amanecer la gente del pueblo empezó sus acostumbradas faenas, pero ese día muchos se detuvieron afuera de una ruca en especial, donde, junto a una cesta con ofrendas marinas, una mujer lloraba desconsolada, por la perdida de su hija.


Seudónimo: Sasami Hanatsuki

viernes, 7 de junio de 2013

55. NO PUEDES ESCAPAR A LA LLAMADA DE LA SANGRE de Emcharos


Charly observó asustado cómo el presentador del programa que aparecía en el televisor comenzó a expulsar sangre por la boca a la vez que explicaba las reglas de un juego.
- Otra vez no…
Charly se levantó de súbito del sofá, más nervioso si cabe cuando vio que las paredes blancas del salón eran surcadas por pequeños ríos de sangre que desembocaban en charcos en el suelo, unos charcos que poco a poco iban aumentando de tamaño.
- ¡Otra vez no!
El techo, también blanco, cambió al completo de rojo, el mismo rojo que pintaba ahora las paredes. La lámpara colgada del techo y que iluminaba el salón con una luz clara, empezó a cambiar de iluminación; la bombilla emitió unos destellos rojizos mientras que su interior se iba llenando de sangre, para que los destellos dejaran paso a una iluminación roja que inundaba toda la estancia, incluyendo al aterrado Charly.
- ¡Basta, basta! ¡Parad ya! ¡Dejadme en paz de una maldita vez!
En un cuadro que reposaba en una mesa, unos jóvenes sonreían con sus dientes manchados de sangre. En un rincón, un florero rebosaba y salpicaba sangre a las rosas amarillas que contenía. Las agujas del reloj de pulsera de Charly marcaban una hora… una hora marcada con sangre.
Charly huyó rápidamente del salón y se encerró en el baño. Allí dentro, la luz estaba encendida, se respiraba tranquilidad, y su nuevo compañero de piso se miraba al espejo mientras se peinaba y escuchaba a Little Richard en un aparato de radio. Allí estuvo a salvo; su compañero de piso estuvo también a salvo… hasta que éste cometió el gravísimo error de abrir el grifo del lavabo. El agua que salía del grifo enseguida se convirtió en sangre; los ojos coléricos de Charly se inyectaron en sangre; y la bañera se fue llenando una vez más, gota a gota, con la sangre que brotaba del cuello degollado de su compañero de piso.


Seudónimo: Emcharos

54. REVELACIÓN de Fedra


Luego de un viernes agotador estoy parada en la puerta de mi casa, lista para ir al club a despejarme un poco,  cuando veo llegar una ambulancia enorme. Con sorpresa noto que gira y se estaciona en la entrada de mi garaje.  Me acerco con curiosidad y el conductor, después de pedirme disculpas por la invasión,  me cuenta que se van a llevar al hospital a una vecina mía que acaba de sufrir un infarto
Comienzo a preguntarme  por la identidad de la enferma y a elaborar en mi mente diversas hipótesis, barajando los nombres de algunas señoras ancianas del barrio. Veo pasar su cuerpo, cubierto con una frazada.
El conductor me confiesa: - Lamentablemente, ya no hay nada qué hacer. Falleció hace unos instantes.
Siento que una viborita de angustia sube por mi pecho. Mientras ellos se preparan para partir, mi curiosidad me domina y miro un breve instante a través de la ventanilla del vehículo. Me doy cuenta de que la manta que  cubría a la mujer se acaba de deslizar al suelo  y compruebo con espanto, que su rostro no es otro que el mío.


Seudónimo: Fedra

53. ENTRE COPAS de Buhito


—No te preocupes, vivo sola, aquí nadie nos va a molestar. Además, las paredes están insonorizadas. ¡Si te apetece escuchar música puedes hacerlo, no te cortes! Aunque creo que sería mejor que fueses preparando las bebidas mientras yo me pongo mucho más cómoda. La cocina está a la izquierda —me dice giñándome un ojo.
Ni siquiera sé su nombre. Me la acabo de ligar en una discoteca y hemos terminado en su piso. Está buenísima, aunque claro, con el ciego que llevo, tampoco es que vea muy bien. Yo soy uno de esos tipos que jamás desaprovecha un polvo. A saber cuándo se vuelve a presentar otra oportunidad. Y, además, la escasez es muy mala. La última vez que me acosté con alguien debió ser en la era jurásica.
Echo un vistazo a mi cartera y compruebo que guardo seis condones. Ya sé que es pecar de optimista, pero esta noche espero usarlos todos.
Parece muy cinéfila. En el pasillo tiene un montón de pósteres de películas: Psicosis, Ed Guein, Ted Bundy, American Psyco, La matanza de Texas 3.
En la cocina cojo un par de copas del escurreplatos y me dirijo a sacar los hielos. Estoy tan caliente, que seguro que se me deshacen en las manos.
—¡Menudo congelador más grande tienes! Seguro que te ha costado un dineral.
Ella me mira con lujuria desde el umbral de la puerta. Lleva un sujetador y un tanga, a juego con los zapatos de aguja rojos. Es tanta mi excitación que se me cae la copa al suelo, pero por fortuna, los trozos de cristal aterrizan sobre un montón de plásticos.
—¿Aún no te he enseñado mi colección de cuchillos de acero inoxidable?


Seudónimo: Buhito